La Spezia

Esta es una historia de más de ochenta años, que fue escribiéndose a lo largo de una vida sobre el papel terso y suave de la esperanza y con la tinta del esfuerzo, con trazo firme, a fuerza de puro sudor y una que otra lágrima. La historia de un hombre común, con inquietudes comunes y con sueños posibles.

Comenzó allí, en la lejana Liguria, hermosa tierra italiana que abriga en su seno, entre frondosas colinas y las sugestivas aguas del Mediterráneo, una modesta región enclavada en el golfo de La Spezia. Cuna de hombres rudos, con brazos prontos al trabajo, forjados a fuerza de empeño y lucha; mujeres amables como la tierra, elaborando en el duro invierno esa sopa nutritiva compuesta de alubias, garbanzos, trigo, aceite y pimienta negra, llamada “mesciùa”; o la exquisita “farinata”, una tarta salada de harina de garbanzos cocidas al horno; o los infaltables “sgabei”, pequeños trozos de masa de pan frito; exquisiteces preparadas con mucho amor, aportando calor y sosiego al esfuerzo varonil, como un premio a su denodada labor.

Cada primer domingo de Agosto la región se llenaba del matiz de la algarabía. La “fiesta del Mare” convocaba a un sinfín de barcas multicolores y el Golfo de La Spezia adquiría el brillo de los grandes acontecimientos. Una inolvidable jornada de desfile y competición, donde todos confraternizaban entre risas y sana urbanidad, era coronada con los fuegos de artificio. En ese marco festivo, muchas historias románticas dieron ese primer paso hacia la vida compartida…

Este es el génesis de la historia de Don Ángel, uno de los tantos inmigrantes que apostaron a un sueño realizable en una tierra lejana y diferente que abría sus brazos acogiéndolo como un hijo más.

Pero hoy, quiero relatarles algo de mi historia. Y con esto deseo confirmar no solamente aquello de que “las paredes escuchan”, sino que también, “las paredes hablan…”

Observen, por favor. Luzco radiante. Finos adornos enaltecen mi figura. Cuadros, porcelanas, tapices, todo el conjunto de acabados detalles hablan del buen gusto con el cual me han vestido. La mano generosa de quien me ha arreglado como de fiesta, con ropaje real y gusto exclusivo, ha logrado imprimir en mí un dejo de esperanza. Algo que había perdido hace un tiempo el cual no quiero recordar, para no empañar el presente maravilloso que estoy viviendo. Debo ser sincera: creí morir. Sufrí tanto el maltrato de la impunidad, cuando manos despiadadas, como garras, mutilaron mi cuerpo, vencido por el miedo y la desesperación, sometida al cruel castigo de la humillación, cuando los duros golpes de la picota destructiva produjeron heridas sangrantes por las cuales, mi vida, iba perdiendo brillo y majestad. Fue entonces cuando sentí que una lenta agonía se apoderaba de mí. Y ya, la esperanza, era un deseo lejano, una quimera inalcanzable…

Y de pronto, el milagro. Hubo alguien, un guerrero de la vida, que nunca bajo sus brazos, me tendió su mano. Yo lo vi llorar, en silencio, mascullando mi dolor, que era su propio dolor. Se deslizó por todo mi cuerpo, recorriéndome, acariciándome, como un amante que se entrega con pasión al ser amado, aplicándome el bálsamo de su resignada comprensión. Mis ropas raídas dejaban al descubierto mi desnudez. Sentí mucha vergüenza de que él me viera así. No me hablaba; solo me observaba en silencio, sofrenando ese arrebato de furia que nunca dejo salir. Y el calor de su mano callosa y sensible alivio las heridas latentes y supurantes. Y me deje acariciar…

No hace falta que les diga que, finalmente me rendí a los intentos de esos ojos celestes que me observaban con un amor tan puro como su mirada.

Él y Yo nos conocemos tanto….

Hace varias décadas dejó su tierra en pos de un sueño. Y aquí, en el suelo extranjero, con el marco salino de un mar que lo reconoce, forjo una vida de lucha y sacrificio, de placer y buenaventura. Formó una familia, vio crecer a sus hijos, sufrió pérdidas irremplazables. Y me pario a mí…

Quizás Yo sea el resultado de su último sueño. Espero que no. Porque todavía hay ganas latiendo en su corazón y fuerza en sus brazos torneados por el esfuerzo. Por tal motivo, quiero compartir un pensamiento con aquellos que, quizás, se emocionen, como yo, al ver mi restauración y mis ganas de abrigar en mi seno a quienes aprecien el cobijo para el cual estoy dispuesta:

“Sueñen, con los ojos bien abiertos.

Vivan con la pasión a flor de piel.

Luchen contra los vientos de la adversidad.

Lo importante no es cuantas veces te caes,

sino cuantas veces te levantas y sigues…”

 

A Don Ángel, con mucho respeto.

Miramar, verano del 2023.

                                                                                                                               Marcelo Toralli.

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