“Despunta el alba el amanecer sobre el rio, cuyas aguas turbias reflejan los primeros rayos del sol sobre la superficie. Ese romance efímero, donde las caricias silenciosas de un amor eterno despiertan la vida en los alrededores, se despide mansamente, sin estridencias, en horas tempranas, para evitar ser sorprendido por las primeras voces del día”
¡Que momentos sublimes fueron aquellos…!
Hubo un tiempo en que, desde los ventanucos de mi imponente altura, podía observar la costa sin que la vista fuera entorpecida por las construcciones que impone el llamado “progreso”, borrando el horizonte diáfano que disfrutaba a plenitud.
Recuerdo haber visto, en las cálidas tardes de verano, a ese desconocido artista de pantalones cortos y medias tres cuartos, que dibujaba sobre las quietas aguas de la costa, un fino trazo de hilo tanza, mientras hurgaba su tarro lleno de lombrices, con una concentración tal que le impedía ver el movimiento de su caña tacuara cuando, con decidida audacia suicida, un bagre intentaba desprenderse del padecimiento al que lo sometía el anzuelo que lo condenaba una muerte segura.
Si. Hace apenas un siglo atrás, no había ninguna edificación que impidiera disfrutar de aquellos momentos inolvidables.
Por aquellos años, cuando mi figura lucia esplendida, como ropa recién planchada, solía vestirme del color de las azaleas y geranios que danzaban como graciosas bailarinas a mí alrededor. El rosal paria sus pimpollos prematuramente y eran una tentación para los amantes de las flores gratis y pies rápidos. Su aroma y color, conferían a mi entorno ese aire señorial del cual hacia alarde por el solo hecho de lucir tanta belleza.
Por mis veredas corrían y saltaban los niños, improvisando sus juegos infantiles. Sus bulliciosas correrías eran como sangre por mis venas y música para mis oídos; fluía con tanta fuerza que era vital y necesaria para mi subsistencia el clamor de esas voces infantiles rompiendo el silencio de la tarde.
Sobre las baldosas del patio, aquellos chiquilines dibujaban a gusto la rayuela con tizas de variados colores que, luego, dejarían ofrendadas al influjo de las primeras gotas, cuando la lluvia ponía una pausa a sus juegos tempranos. Aquella algarabía precoz endulzaba mis días, extendiendo su alegría sobre la Plaza de mi ciudad, en las urbanas tardes de verano.
Con los años, el silencio fue ganando terreno sobre mi existencia; adentro y afuera. Se apodero de mí, sometiéndome a un acostumbramiento inconveniente al principio, pero al cual me resigne a pesar de mi disgusto. Las voces infantiles se perdieron en cada rincón de mi cuerpo, en un juego a escondidas infinito y sin resolver. Aquellos niños crecieron, maduraron, emprendieron otros caminos de aventuras y, de a poco, se olvidaron de mí. Y el paso del tiempo dejo como secuela esto que ves: un pobre anciano con sus ropas raídas y su brillo deslucido y apagado.
Solo algunos viejos memoriosos retornan, de tanto en tanto, a visitarme. Y ven como mi vida se va apagando. Y se lamentan. Y algunos, lloran.
¡Qué triste es la mala vejez! ¡Y qué indigno se hace, al paso de los años, palpitar ese destierro cruel y despiadado al que nos somete la vida y el olvido…!
A veces, en la soledad de mi existencia, intento echar una mirada hacia atrás, y me subo al carruaje de los recuerdos, emprendiendo un viaje hacia ese pasado ilustre, cuando mi linaje era parte de aquellas quintas señoriales que marcaron toda una época. Cierro mis ojos y deambulo, en silencio, por los rincones olvidados de mi entorno donde la vida latiera un día con frenesí. No hay brillo. Las paredes descascaradas son como documentos irrefutables de mi doliente decadencia; son girones de una piel gastada y enmohecida, sin esplendor. Mi desnudes está expuesta. Pero ya me acostumbre a ella. No me da vergüenza mi falta de rubor; ya no. Todo es vacio. En los días tormentosos veo como la lluvia se desliza a gusto por
las hendijas de las gastadas pizarras negras del techo a ritmo de goteras. Son las lágrimas con las que enjugo mi asumida desesperación.
Y ahora Tú….
Recorriste un día mis alrededores con la inquietud medida de tu juventud y los ojos vivaces de un adicto a las aventuras realizables. Escuche decir por ahí que no hay imposibles que te subyuguen, cuando la pasión es el nervio motor que te conmueve. Debo admitir que ya estoy un poco viejo para creer en cuentos fantasiosos y muy cansado de soportar intentos estéticos fallidos. Pero presiento que esta incredulidad que me asiste no hará mella en tus nobles intenciones. Mi paso cansino no me permite seguir el ritmo de estos tiempos tan urgentes y sin respiros. Pero, al ver que Tú enarbolas la bandera del “se puede”, debo admitir que lograste despertar mi curiosidad. Y por qué no, un atisbo de esperanza.
Cuando acometas con el cincel de la reconstrucción, me someteré mansamente al influjo de tu sapiencia, sin oponer resistencia. Eso sí, te estaré observando de soslayo, con mediana expectativa y con resuelta colaboración. No tengo mucho para ofrecerte más que esto, que se revela ante tus ojos. Te pido paciencia. Mis huesos son frágiles. Es ardua la tarea a la que te encomiendas. Pero creo en Ti.
Te invito a visitarme cuando Tú gustes. Estaré esperándote. Y cuando se produzca el encuentro, allí, Tú y Yo, a solas, haremos un pacto solemne. Te revelare mi secreto en ese momento y Tu, mi joven y emprendedor amigo, compartirás los tuyos conmigo.
Es casi romántica esta posibilidad de resurgir de las cenizas…
¡Vaya mi Dios, me invadió el entusiasmo…!
Con expectativa y afecto.
Palacio Otamendi.
(Carta del viejo Palacio Otamendi al responsable de su reconstrucción)
(*) Sarmiento 1401, esquina Lavalle, San Fernando, Buenos Aires





