Llegaste a mi vida como el sueño inesperado, sorprendente, sugestivo; con la fuerza de los días espléndidos de un verano.
Ocupaste lugar en mis pensamientos, conmoviéndome, haciendo tuya toda esa melancolía que poblaba mi ser desde siempre, inalterable compañera, acostumbrada a la espera de tu tiempo.
Y así llegué a quererte, con la fuerza de los vientos y con las palabras que los poetas descubren en cada latido del corazón.
Eres ese ‘primer amor’ que no se olvida; ese ‘primer amor’ que descubre todo un mundo de ilusiones y fantasías; ese ‘primer amor’ que permite la pausa refrescante y sublime en las esquinas del tiempo, viejos caminos gastados por la impaciencia y recorridos por el beso.
Una tarde de nuestras vidas, con tus ojos abrazando los míos, arrancaste mansamente de mis labios las palabras que el corazón desbordaba impaciente, como cómplice del momento: “Mi Chiquita, Te Amo”.
Aún conservo la humedad de tus manos sobre las mías y me invade la misma sensación de entonces; aún vibro con el recuerdo de tu rostro de niña y el calor de tus labios esperando sellar nuestro encuentro con el amor…
A veces pienso que, si nuestros caminos no hubieran coincidido, nos hubiéramos buscado, con la desesperación de los que anhelan vivir la vida bebiendo de las vertientes del amor.
Y hoy, al paso del tiempo, sigo encontrándome contigo cada día, “mi primer amor…”; real, absoluto, único, genuino y transparente ‘primer gran amor’.
Cada día que ha pasado desde aquél inolvidable momento, vivo con la misma intensidad y pasión todos tus instantes. Y esto te lo debo a Ti, que renuevas, con tu sola presencia, la cuota de ternura y paz que me sostiene.
¡Gracias por estar; gracias por ser mi ‘primer gran amor’, ¡mi Chiquita, mi Alicia, mi siempre novia, esposa de mi alma!
Con lágrimas en los ojos.
Héctor.
(11 de noviembre de 1976 – 11 de noviembre de 2024)
Marcelo Toralli.





