A duras penas fui intentando superar la etapa más cruel que nos presenta la vida. Dios sabe cuánto he luchado, conjugando mis arrebatos en soledad, para que no se notara la amargura inevitable que la pérdida de tu presencia produjo en mi ser. Viví un tiempo con ese puñal clavado en mi corazón y, con la vista perdida en un punto inerte, busqué la respuesta a la pregunta recurrente: “¿Por qué…?”
Tuve que encarar, como pude, los días por venir. Sumida en la tristeza a la cual presenté no poca pelea, descubrí un valor que no creí tener. La vida se me presentó así, de repente, con una realidad impensada, con un golpe atroz…
Pasé por varios estados. Desconsuelo, llanto, soledad, pequeñas alegrías y acostumbramiento. Sí. Tuve que aprender a acostumbrarme a vivir sin tu presencia. No fue fácil; aún no es fácil. Pero una poderosa razón me impulsaba a seguir adelante…
Superé el miedo a la vida sin Ti. Y un día lo decidí: “Las playas de nuestras vacaciones están allí. ¿Y si logro encontrarte…? (No me juzgues por ese pensamiento fantasioso, por favor). Y nos fuimos.
Y no me había equivocado. Allí estabas…
Ese hermoso regalo que me dejaste latía de felicidad. Las huellas que sus piececitos dejaban en la arena de nuestra playa soñada eran tus pisadas. La sonrisa dibujada en su carita feliz era tu sonrisa. Y, cuando corría hacia mí, pleno de felicidad y rozaba su piel con la mía, sentí la sensación de que estabas acariciándome. Y sonreí. Como solía hacerlo cuando, tomados de las manos, caminábamos en silencio haciendo planes a futuro sin pensar en la desdicha.
Mi pequeño hombrecito…
Desde el mismo momento en que anunciaba su llegada, fui tejiendo ilusiones. Tus manos acariciando mi vientre, le transmitían la fuerza y las virtudes de tu estampa varonil y necesaria. Y un día, todo pareció desmoronarse.
¡Pero NO! Me rehúso a vivir sin proyectos. Él me necesita. Sus diez años reclaman mi asistencia constante sin pedírmelo. Sus pasos avanzan sin respiro. Y sé que, en un suspiro de la vida, su preadolescencia y su hombría, lo irán vistiendo como un hombre de bien, como su padre.
Nunca serás un recuerdo lejano porque sigues presente. Pero ahora, ya no puedo ni debo depender tanto de Ti, aunque me duela. Otro “Tú” me está sonriendo y, de tanto en tanto, extiende sus brazos en señal de dependencia. Me necesita. Y me hace muy bien que me necesite…
La vida debe seguir adelante.
Gracias por haberme dejado el mejor de los regalos: nuestro hijo. Ese pequeño hombrecito que, al ritmo acompasado de la vida, irá adquiriendo tu porte con algo de mí. Sí, porque es Nuestro.
Sigo adelante. Debo seguir adelante. Y no sé mucho acerca de mi futuro. Pero estoy disfrutando este presente como nunca.
Me armé de valor. Volví a nuestra playa. Disfruté en compañía y lloré en soledad.
Viví…, y debo seguir viviendo. ¿Por qué? Porque la razón más importante de mi vida me lo reclama: “mi hombrecito, nuestro hijo…”
Marcelo Toralli.






gracias por poner en palabras algo tan importante, «mi hombrecito y yo» te lo agradeceremos eternamente. abrazo gigante.