Sin ánimo de creerme ‘de vuelta de todo’ o identificarme como un ‘insufrible superado’, creo que, hasta el momento, la vida me ha ido permitiendo experimentar situaciones de las más diversas —inesperadas unas, buenas otras y malas algunas— como para resumir este trajinar de décadas en lo que comúnmente descubrimos y denominamos como ‘experiencia’. Y eso ha producido cambios de pensamientos y conductas que, conjugadas, dan como resultado la madurez.
Algo es cierto: Ya no pienso como antes. En definitiva, a todos nos pasa en algún punto de nuestra existencia. Y debemos asumir dicho cambio.
Hubo un tiempo —el de la primera juventud y mi temprana adolescencia— en que la soberbia y la inexperiencia caminaban a mi lado tomadas de la mano como grandes camaradas. El mundo, por entonces, era ancho y enorme, como también lo es hoy. Y allí estaba, a mi merced, tan amplio y redondo, girando sobre su eje, mudando estaciones, paciente y a la espera a que yo explorara sus vastos rincones con la impaciencia en mi mochila de sueños, sujeta a mi espalda de ilusiones tempranas. Tenía todo al alcance del descubrimiento. Y no tenía mucho tiempo para ocuparme en los ‘cómo’. El afán me lanzaba en loca carrera en pos de los ‘por qué’.
Los consejos de quienes llevaban más años que Yo experimentando el dolor y la alegría de vivir, no tenían el peso suficiente como para contrarrestar las ansias desenfrenadas de mi juventud que, a tientas y locas, brotaban a borbotones, arrojando como resultado los consabidos ‘moretones’ que la torpeza suma en la cuenta de la vida. Y hoy, de tanto en tanto, cuando me doy ese tiempo para indagar en el rincón de las reflexiones los años vividos y la experiencia lograda, me encuentro reclamándome al borde del lamento: ‘¡Si hubiera sabido escuchar el consejo…; todo hubiese sido distinto!’
Pero, en fin: aquí estamos.
Los años transcurridos me han enseñado muchas cosas. Ese ‘crisol’ donde se forjaron mis experiencias al calor de las pruebas cotidianas, fueron transformando y moldeando mi personalidad hasta lograr, como resultado, encontrar mi propia identidad. Pero, sobre todo, he comprendido y descubierto que aún tengo margen para seguir creciendo y dar un golpe de timón cuando los nubarrones anuncian tormenta sobre el horizonte de la vida. Sigo afrontando desafíos. Pero, ahora, antes de obrar, reflexiono.
¿Y sabes por qué? Porque ya no me creo eso de que ‘el mundo gira en torno a mí’. Esas locuras fantasiosas ya no me asisten. Ahora, pienso un poco más antes de actuar.
Porque, en definitiva, soy un tipo común que ha aprendido a reflexionar.
Marcelo Toralli





