Viví ese día con la intensidad propia de las primeras emociones. Una rara mezcla de ansiedad y expectativa, confabulada con la impaciencia lógica y presente en cada uno de mis actos, me condenaba a la espera del maravilloso acontecimiento.
Matizaba esos instantes previos a la gratificante novedad con pensamientos que tenían como eje situaciones a futuro pero que, a partir de ese día, cobrarían relevante importancia en lo que de ahí en más sería mi vida cotidiana y mi presente inmediato.
Afuera, el mundo, invariablemente seguía su curso habitual, sin reparar en mí. Adentro, yo convivía con el ritmo de mi propio mundo, en consonancia con el de mi propio corazón que, por estas horas, galopaba como un corcel vigoroso con el horizonte más hermoso como meta. Completamente ajeno a cualquier acontecer, cada segundo que transitaba por el carril de la espera adquiría la dimensión de lo previsiblemente insospechado. Y por primera y única vez fantaseé con la idea de que todo giraba en torno a mí.
De pronto —como el salto de un felino— una voz cuyo timbre no me era familiar, me rescata del inquieto letargo y me alerta: ‘hay novedades’. La desesperación se apoderó de mí y un sudor frío hizo causa común con el nerviosismo latente en mis manos, haciendo más evidente el estado de intranquilidad que me había acompañado gran parte de la mañana. Sentí temor, alegría; sonreía a cuantos me rodeaban, conocidos y extraños. Y el pañuelo —ya a estas alturas, consustanciado con piel—, protagonista de un monólogo harto conocido, ejercía su papel de primera figura, secando el sudor profuso en mi rostro, a pesar del clima agradable de mediados de noviembre y del servicio de aire acondicionado que asistía a la sala.
No sé cuántos escalones separaban un piso del otro. Solo sé que no me llevó más de dos o tres saltos estar allí. Creo —sin temor a equivocarme— que nunca había experimentado nada igual. Detrás de una puerta gris perla, con un pequeño visor no más grande que un palmo y un cartel adosado a la pulida superficie con la leyenda ‘prohibido pasar’, unos ojos color miel me observaban y creí adivinar una sonrisa dibujada en su boca, cubierta con un barbijo. Abre lentamente la puerta y repite mi nombre con un interrogante, a modo de identificación. Respondo con cierta destemplanza y con la voz a punto de quebrarse. Retira su barbijo; me sonría, tal cual lo había imaginado. Hace una pausa muy breve mientras observa unas notas impresas en un papel. En ese momento dije algo que ni recuerdo y creo que ella ni escuchó. En los escasos segundos en que baja su mirada y me la devuelve con una sonrisa, los latidos de mi corazón se hacen más intensos y la voz parece iniciar un camino de regresión, instalándose en la etapa indefinida de la pubertad —donde esa etapa del desarrollo me jugaba una mala pasada, distorsionando mis claras intenciones de ser mayor, confundiendo los graves con los agudos—. Las primeras lágrimas, contenidas a fuerza de puro valor, ya no aguantaron más el empuje del llanto. «Tranquilo —susurró— su esposa está bien; lo felicito; es Papá de un varoncito». Y ya no supe, hasta el día de hoy, cómo bajé hasta el tercer piso….
Muchos instantes, ordenados en ese rincón del cerebro destinado a los recuerdos, volvieron a emocionarme una vez más, otorgándole cierto color a una tímida sonrisa que el llanto se esforzaba por desdibujar. Repase los momentos en donde mis manos, posadas sobre el vientre palpitante y asombroso de mi Chiquita, descubrían el maravilloso misterio del universo. Un par de horas antes, con las manos unidas, le aseguré: ‘Todo va a salir bien. Tranquila, mi amor…, vos podés abrir las puertas a la vida’.
Y ese tiempo dedicado a invertir mansamente y con paciencia prolija en las tierras vírgenes del amor, dio fruto un 30 de noviembre de 1977, a las 13,15 horas.
Pasaron algunos años desde ese momento en que inicié esta carrera que sigo cursando con altibajos hasta el día de hoy: la de ser y sentirme ‘Papá…’
Y aún lo recuerdo como el día más feliz de mi vida.





