Escribir

Sentarse y escribir es un ejercicio intelectual que renueva los deseos siempre latentes al borde de la inquietud que despierta el solo hecho de hacerlo. Eso está bien y asequible a quien desee o resuelva transitar los laberintos de la imaginación y pueda soslayarse con el resultado de su inventiva.

En el complejo campo de las asociaciones vamos representando con letras, palabras y oraciones, los pequeños fragmentos de un todo, total y absoluto que, unidos, conforman la figura de la palabra hablada. Y no es producto de la casualidad la interconexión de un pensamiento con otro, de una oración con otra o la rima de un verso. Esa tangencial coincidencia no es más que el encuentro planeado – o no– de un sinfín de situaciones que van tomando forma con trazo fino hasta construir la descripción de hechos que conformarán lo que se da a llamar el cuerpo o contenido de lo escrito.

¿Arte…? ¿Pasión…? ¿Coincidencia…? No lo sé; y no creo que sea tan importante el rotulo con el cual destacar dicha iniciativa. Pero créanme: detrás de cada palabra, oración o idea que plasmamos sobre la silueta blanquecina de un papel, existe un motivo. Y cada uno debe descubrir el motivo por el cual lo hace. Quizás, simplemente lo haga por escribir. ¡Y vaya si no es un buen motivo…!

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