Ausencia

En la vida de todos se presentan, sin aviso, esos momentos impensados que tiñen de gris las ilusiones cotidianas y ponen un freno a esas ganas de hacer y decir que nos hacen y nos permiten la felicidad que buscamos y la gratificación de lo compartido.

Aquellos que cultivamos la necesidad de expresarnos a través de unas pocas líneas, sufrimos de tanto en tanto una especie de síndrome autista, que nos impide conectarnos con los demás y nos sumerge en un periodo de cierta “austeridad” con respecto a la escritura.

¿Te ha ocurrido, alguna vez, estar frente a la pantalla de tu computadora (u ordenador), esperando conjugar las letras de tu teclado en pos de esa oración que te permita encadenar toda una historia o pensamiento que trasunta tu mente?

¿Has estado con tu mente despoblada de ideas, mirando fijamente, con tu mirada perdida en otros horizontes, sobre la fina silueta de una blanca hoja de papel?

Yo, muchas veces….

Y me ha dolido, ¡y vaya que lo he sufrido!

Es como si las ideas, de pronto, desaparecen; como si las palabras se resistiesen a tomarse de las manos, evitando el juego sorprendente de la armonía; como si una grieta ancha y espaciosa nos separa del “querer” y del “actuar”.

Pero todo pasa…

Y apenas un atisbo de interés, una palabra amable, un gesto revelador, es motivo suficiente para la explosión creativa. Y sonreímos; y nos iluminamos; y lloramos de alegría al comprender que, finalmente, todo pasa.

Aquí vamos de nuevo.

Retomo este diálogo contigo. Y te regalo un modesto pensamiento con pretensiones de poema –Lo encontraras en la sección Poemas bajo el título “Cuando mueren las palabras”-

Hasta el próximo encuentro.

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